El Tercer Gran Mito de los humanos, al menos de la época en que yo les visité, era sin duda el más enigmático. pues mediante él se obligaban a creerse inferiores de lo que en realidad eran.
Aunque su comportamiento colectivo careciera a menudo de sentido alguno, analizado bajo el prisma de la lógica, tomados individualmente, sin embargo, los humanos parecían estar provistos de todos los resortes conductuales de un ser sensible y racional. Eran capaces de la empatía más conmovedora, alumbraban bellos artefactos, evidenciaban el dominio del tiempo y el espacio a través de la música y la danza, e en su poesía se irradiaba una comprensión profunda, aunque meramente intuitiva todavía, de la Gran Inercia Universal. Gozaban de todos los requisitos, por así decirlo, para poder habitar plena y cabalmente el cosmos.
No obstante, su Tercer Gran Mito les hacía creer que su naturaleza era, en esencia, nociva y contraria a todos sus logros como especie. Les decía: No os fiéis ni de vosotros mismos. Les decía: No hay nada sagrado, salvo el Primer y el Segundo Gran Mito. Esto facilitaba mucho las cosas, claro está, para poder asumir comportamientos tan excéntricos como los suyos. Frases como "Todo el mundo lo hace, si no lo hago yo lo hará otro o Yo sólo cumplo con mi trabajo" parecían justificar por completo su renuncia a la libertad, su inmolación moral.
Lo más paradógico de todo ello era que, por el contrario, sus leyes y sus discursos reverenciaban una y otra vez todas aquellas virtudes que posteriormente en sus actos se negaban a sí mismos, como en un macabro juego de contrarios en el que nadie parecía divertirse gran cosa.
Miguel Brieva, Memorias de la tierra, 2012